Los altos de Seelow

Por Pablo Incausa

Era de noche. La artillería soviética estaba descargando una implacable tormenta de fuego y metralla sobre las posiciones enemigas. Cualquiera podría pensar que los alemanes estaban siendo totalmente pulverizados. Cerca, resguardado por una sencilla trinchera excavada a toda prisa, el capitán Antonov observaba aquel despliegue de poderío bélico mientras sostenía su pistola con mano temblorosa. Sus hombres le miraban con admiración, mientras esperaban a recibir sus instrucciones.

El saco de Roma, 1529

El Papa Clemente VII oraba de rodillas en una capilla de San Pedro. Sabía que las tropas del emperador Carlos V estaban asaltando las murallas de Roma, cuya reducida guarnición apenas tenía oportunidades de repeler el ataque. Buscaba el recogimiento espiritual para tomar fuerzas con las que enfrentarse al desastre que se avecinaba. La sala estaba en un silencio absoluto, aunque llegaban, amortiguados, gritos y ruidos del caos que parecía estar apoderándose de toda la ciudad. El Pontífice alzó la vista y se fijó en el Cristo que presidía el retablo. Mirándolo fijamente con ojos suplicantes, le dirigió a él sus plegarias.

Una vieja guerra

No podía dormir aquella noche. Permanecía a solas junto al fuego, calentando en él una vara de madera de punta afilada. En su cabeza había demasiadas preocupaciones y todo el clan dependía de la decisión que tomara. El tiempo era malo y apenas encontraban comida por la zona. Además, la caza también escaseaba, lo cual hacía que tuvieran que moverse más de lo habitual para encontrar otras fuentes de alimento. Por si eso no fuera suficiente, desde hacía algunos días otro grupo merodeaba por su territorio. Los recursos de la zona no eran suficientes para todos y ellos no querían marcharse abandonando un lugar que conocían bien y en el que tenían varios refugios y lugares sagrados.

La batalla de Kursk

Lloraba sentado sobre la cureña de su destrozado cañón. Las manos agarrando con fuerza su pelo revuelto y los cadáveres de sus compañeros a su alrededor, como testimonio de lo que había sucedido. Todavía se escuchaba el rugido de los motores de los carros de combate soviéticos que se alejaban. La derrota era segura, pero los combates continuaban.

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