Sin saber cómo había sucedido, el joven teniente se encontró de pronto al mando de una barcaza repleta de mujeres, niños y soldados heridos. Muy pocos de los hombres bajo su mando seguían siendo capaces de combatir. La mayoría ya habían caído en los enfrentamientos contra los rumanos que se habían producido a lo largo de aquella infernal travesía por el río. Los civiles estaban al borde de la desesperación y algunos incluso habían llegado a lanzarse al agua para escapar a nado en medio de aquella locura. No confiaba en que muchos de ellos hubieran conseguido llegar hasta tierra y los que lo hubieran hecho habrían caído en manos enemigas, sin duda.

Llevaban frente a las imponentes murallas de Antioquía mucho más tiempo del que habían imaginado. Por alguna razón que ellos no comprendían, sus comandantes no daban la orden de asaltar la ciudad y el ejército cruzado permanecía inactivo en un desquiciante estado de espera. Pero no era el tedio el mayor problema de los soldados, sino el hambre. Un hambre feroz que arrasaba los campamentos de los sitiadores, cobrándose infinidad de víctimas y llevando a otros a situaciones tan repugnantes como la antropofagia.

Permanecía en la torreta del submarino pese a la intensa lluvia que caía. Su gorra de oficial, de la que no se separaba nunca, estaba completamente empapada. Le gustaba sentir el aire en el rostro y esos breves instantes de soledad, rodeado únicamente por el mar infinito. El frío le hacía volver a sentirse vivo, le permitía respirar. Estaba harto del ambiente sobrecargado y tóxico del interior del submarino que comandaba. Allí dentro la temperatura era muy elevada y una mezcla de olor a sudor, aceite de motor, grasa, caucho y otros elementos, hacía que la sensación fuera extremadamente desagradable. Por eso necesitaba salir de vez en cuando. Cuando estaba en la torreta, solía pedir a sus subordinados que le concedieran unos instantes sin molestarle.

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