El Papa Clemente VII oraba de rodillas en una capilla de San Pedro. Sabía que las tropas del emperador Carlos V estaban asaltando las murallas de Roma, cuya reducida guarnición apenas tenía oportunidades de repeler el ataque. Buscaba el recogimiento espiritual para tomar fuerzas con las que enfrentarse al desastre que se avecinaba. La sala estaba en un silencio absoluto, aunque llegaban, amortiguados, gritos y ruidos del caos que parecía estar apoderándose de toda la ciudad. El Pontífice alzó la vista y se fijó en el Cristo que presidía el retablo. Mirándolo fijamente con ojos suplicantes, le dirigió a él sus plegarias.

Lloraba sentado sobre la cureña de su destrozado cañón. Las manos agarrando con fuerza su pelo revuelto y los cadáveres de sus compañeros a su alrededor, como testimonio de lo que había sucedido. Todavía se escuchaba el rugido de los motores de los carros de combate soviéticos que se alejaban. La derrota era segura, pero los combates continuaban.

La segunda batalla de Faluya

Avanzaban pegados a la pared, sin dejar de fijarse en todos los detalles. Les acompañaba la tensión de saber que podían estar en el punto de mira de alguno de los francotiradores enemigos que infestaban la ciudad iraquí. Se escuchaban tiroteos y explosiones allí donde la coalición se esforzaba por eliminar las bolsas de resistencia. En el grupo de marines todos mostraban ya los efectos de varios días de batalla. Uniformes sucios y rostros con evidentes signos de agotamiento. Algunos de sus compañeros habían sido heridos y se les había evacuado. Otros habían perdido la vida en Faluya. Devolver el golpe y tener la posibilidad de destruir a los insurgentes les daba ánimos.

Había llegado el momento decisivo del combate. En los corazones de los guardias del rey Rodrigo, el odio por la traición sufrida todavía servía como un fuego que les animaba a seguir combatiendo más allá de sus fuerzas. Pese a ello, todos estaban muy fatigados. Algunos se mantenían en pie a duras penas con terribles heridas en sus cuerpos y otros aprovechaban el pequeño descanso del combate para doblarse apoyados en el pomo de sus espadas, tratando de recuperar el aliento.

Sin saber cómo había sucedido, el joven teniente se encontró de pronto al mando de una barcaza repleta de mujeres, niños y soldados heridos. Muy pocos de los hombres bajo su mando seguían siendo capaces de combatir. La mayoría ya habían caído en los enfrentamientos contra los rumanos que se habían producido a lo largo de aquella infernal travesía por el río. Los civiles estaban al borde de la desesperación y algunos incluso habían llegado a lanzarse al agua para escapar a nado en medio de aquella locura. No confiaba en que muchos de ellos hubieran conseguido llegar hasta tierra y los que lo hubieran hecho habrían caído en manos enemigas, sin duda.

Llevaban frente a las imponentes murallas de Antioquía mucho más tiempo del que habían imaginado. Por alguna razón que ellos no comprendían, sus comandantes no daban la orden de asaltar la ciudad y el ejército cruzado permanecía inactivo en un desquiciante estado de espera. Pero no era el tedio el mayor problema de los soldados, sino el hambre. Un hambre feroz que arrasaba los campamentos de los sitiadores, cobrándose infinidad de víctimas y llevando a otros a situaciones tan repugnantes como la antropofagia.

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